• Luis Angel Rincon

Viaje a la Gran Sabana

Estoy seguro de que todos los venezolanos siempre tenemos el sueño de ir a la Gran Sabana. Crecemos viéndola a través de fotografías, escuchando sobre el aire de magia que allí se respira.



Aunque jamás en la vida se nos haya ocurrido hacer alguna excursión, ni siquiera a la montaña que vemos todos los días, soñamos con algún día escalar el tepuy más grande y mirar el horizonte desde sus alturas.

En 2008 ya no encontraba mi lugar en Venezuela, aunque no me podía despegar del todo. Empezaba mi vida de viajero y también comenzaba mi relación con Sonya, quien sería después mi esposa.

O sea, estaba a punto de dejar definitivamente Venezuela, sin un boleto de regreso seguro. Por lo que no podía desperdiciar la oportunidad de conocer al fin este paraje mágico.

A Sonya le fascinó el plan, más aún le encantaba la idea de escapar de Caracas un par de semanas. Así que bajamos a Maiquetía sin boletos todavía y nos dijeron en una compañía que conseguiríamos fácilmente vuelo ese mismo día, algo insólito hoy.

Todos los vuelos estaban llenos, pero decidimos esperar hasta última hora para ver si teníamos suerte, y así fue. Conseguimos dos lugares y ya estábamos en nuestros puestos justo a la hora de salida.

Sin embargo, nos tocó esperar dos horas más para que el avión partiera. Sonya ya estaba un poco molesta con la larga espera, no entendía porque nos hacían esperar de esta manera.

Yo intentaba calmarla, e incluso, debo admitir, me fastidiaba un poco su reacción. Me parecía exagerada.

Cuando al fin llegamos a Puerto Ordaz, ella no podía dejar de mencionar lo absurdo que había sido. No podía creer que el retraso fuera más largo que el propio vuelo. Yo en verdad no podía comprender su molestia. Creo que aún tenía esa mala costumbre venezolana de resignarse ante el pésimo servicio.

Pasamos la noche en una posada cercana, y salimos temprano el día siguiente a Santa Elena de Uairén en bus, y luego en un jeep hasta la Gran Sabana.

Una vez allí dejamos atrás los percances del trayecto. Visitar este lugar sagrado resultó ser más emocionante de lo que esperaba. Es como visitar otro planeta.

Te encuentras desconectado del mundo y empiezas entrar en conexión con la naturaleza. A veces demasiado conectado, como con los puripuris, una clase de insecto bastante molesto.

Sonya vivía untándose repelente y aún así estaba llena de puntitos rojos que por su piel muy blanca se notaban aún más.

Por lo demás, todo nos tenía fascinados: los saltos de agua, los ríos. Recorrimos muchas cascadas asombrosas. Era casi imposible creer lo cristalinas que eran.

También nos parecieron hermosos los pueblos indígenas, con sus ventas de comida típica y dulces.

En ese momento llevábamos suficiente dinero en efectivo. Al no haber conexión telefónica no se puede pagar con tarjeta ni se pueden conformar los cheques. Me imagino que ahora todos los pagos se realizarán en dólares.

Menos mal que el servicio que contratamos, Reyna International Services, para ese momento nos ofrecían todas las comidas.

Al final del recorrido, Sonya me dijo que entendía porque, a pesar de las dificultades, los venezolanos teníamos tanto apego con este país.

—Estos paisajes no se ven en ninguna otra parte del mundo, ni haciendo zoom con la mejor cámara.

Imagínense, corres el cierre de tu carpa y te encuentras de frente con el cielo más despejado y azul del mundo y a lo lejos los tepúes inmensos.

Quién diría que este viaje a la Gran Sabana sería una de las cosas que más nos acercarían a Sonya Peck y a mí como pareja.


Luis Ángel Rincón

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