• Luis Angel Rincon

Trekking a Roraima

Como les conté la última vez, en 2008 fui a la Gran Sabana con la que sería mi futura esposa, Sonya. Fue un viaje espectacular que nos unió aún más como pareja y con el cual Sonya pudo apreciar, por su propia cuenta, el lazo tan fuerte que mantenemos los venezolanos con nuestra tierra.

Como ya estábamos en Guayana no podíamos perder la oportunidad de realizar la caminata al “mundo perdido”. Teníamos que conocer Roraima.

Debo confesar que el hecho de pegarse una caminata de seis días no me convencía mucho. Amo viajar pero sin sacrificar mi comodidad. Sonya, quien tiene muy buena forma física y gusta de caminar, me convenció de no perderme esta aventura.

Así que por ella cargué con un bolso de aproximadamente 10 kilos durante una semana y fuimos a conocer los tepúes gemelos de Roraima y Kukenan.

La excursión a Roraima requiere de una cuidadosa planificación y una buena condición física. Hay que estar consciente del gran esfuerzo al que tendremos que someter al cuerpo. Se trata de caminatas de cuatro y seis horas con equipaje a la espalda.

La travesía se hace en grupos pequeños a los que siempre acompaña un guía local, miembro de las comunidades de San Francisco de Yuruaní o de Paraitepuy, quien siempre está pendiente de que el grupo respete ese territorio sagrado. No permite que ensucies, extraigas plantas o animales, ni siquiera permite que grites.

La caminata comienza en la comunidad indígena de Paraitepuy (literalmente, para ir al tepuy). Desde allí se camina unos 13 kilómetros por la sabana que sube y baja, siempre con los tepúes a la vista.

Las noches hay que pasarlas en carpas, casi siempre cerca de un río.

Los días siguientes el esfuerzo será mayor. Durante las noches la temperatura puede bajar hasta los 10º C y el clima es muy húmedo. Al tercer día es que se comienza el ascenso hacia la cima.



El sendero no es largo, pero la pendiente es muy pronunciada y el terreno exige que se haga con mucho cuidado, sobre todo el llamado Paso de Lágrimas donde casi siempre cae un cascada que hay que atravesar.

En este punto, debo confesar, yo estaba aterrado. Si no fuera por Sonya que me animaba, no hubiera apartado los ojos del sendero y me hubiese perdido el radiante paisaje que me rodeaba. No hubiese conocido la magnificencia del tepuy.

Una vez en la cima cada quien cuenta con su hospedaje en cualquiera de los hoteles. Ríanse, pero en verdad yo estaba esperando una especie de Humboldt como en el Ávila. Los hoteles son unas cuevas pequeñas en la que apenas hay espacio para instalar una carpa, pero que te permite resguardarte de la lluvia y el viento.

Una vez en la cumbre te encuentras en otro planeta. Hay pequeños pozos con cristales de cuarzo en el fondo a los que llaman “jacuzzi”. Yo no me atrevía a bañarme con el frío que hacía, pero Sonya estaba como pez en el agua.

A pesar de que estaba muy nublado, cada momento resultó emocionante. Solamente con las plantas que hay en este lugar, no se puede con tanta belleza.

También subimos hasta el Maverick que es el punto más alto del Roraima y que tiene forma de carro. De allí el nombre.

Yo tenía muchas ganas de visitar el Punto Triple, sitio en donde convergen las fronteras de Brasil, Venezuela y Guyana. Sin embargo, es una travesía que toma dos días más y no teníamos mucho tiempo.

El quinto y el sexto día se reservan para el viaje de vuelta que, aunque sea el mismo trayecto, no se hace repetitivo porque el clima varía tanto que uno siempre se encuentra con detalles que se nos había escapado.

En verdad se trata de un viaje para meditar y reflexionar. Los guías se encargan de la comida y de actuar en caso de emergencias. Además mantienen al visitante informado sobre la flora y fauna del lugar, y comparten las veces que se les pida las leyendas del pueblo pemón y su vínculo con lo tepúes.

De regreso a Santa Elena y luego a Puerto Ordaz no guardo muchos recuerdos. Estábamos muy agotados.

Solo me viene ahora a la memoria que un guardia de apellido Yépez detuvo a Sonya en un momento que la dejé sola. Luego le pregunté qué le había dicho.

—Entre lo poco que entendí, creo que me habló de un insecto que si te pica, tendrás que volver a la Gran Sabana.

—Bueno, con lo minados que estamos de picaduras, espero que debamos volver muchas veces más.

  • Negro del icono de Instagram

©2019 by Salir de Venezuela. Proudly created by me, Luis Ángel Rincón.