• Luis Angel Rincon

La vida de un stripper venezolano en Medellín

Diversas son las experiencias y los modos de seguir adelante que han encontrado los venezolanos que decidieron continuar con sus vidas en otro país. Hoy quisiera compartir con ustedes la experiencia de José Orlando Carvajal, quien trabaja como stripper en Medellín.



La vida de un stripper no es tan divertida como la imaginan algunos. Más allá de las fiestas, del coqueteo, de los movimientos provocadores sobre una clienta nerviosa, el hombre stripper lleva una vida de mucho disimulo y soledad.

Así lo dice José, quien tiene 32 años, y desde hace seis años vive en Colombia y mantiene a su mamá y a una hermana que continúan en Venezuela.

—Mi sueño es traérmelas —me cuenta—. El problema es que ellas no saben de qué vivo.

Originario de Valencia, José comenta que nunca pensó en ser stripper hasta que un compañero de gimnasio le propuso que hiciera la prueba, que no perdía nada y que se hacía mucha plata.

Desde adolescente a José le gusta cultivar su físico; entrenó karate y después se dedicó casi a diario al gimnasio, por lo que en algún momento empezó a prepararse para ser entrenador. Sin embargo, nunca se le ocurrió ser stripper.

—Al principio me costó mucho. Me daba mucha pena. Pero no conseguía nada como entrenador. Además de que se hace mucho más dinero bailando.

José nos cuenta que él mismo se encargaba de montar sus bailes viendo coreografías en YouTube. De estos videos también copió vestuarios que en un principio tuvo que armar con la poca ropa que se llevó en la maleta: unas botas negras altas, un pantalón negro stretched y un pañuelo rojo que se amarraba a la cintura, con el que luego vendaba los ojos de algunas clientas.

Desde el principio se dio cuenta de que el secreto del striptease estaba en la mirada, en lo que se decide mostrar y ocultar, en cómo se camina, en cómo se baila.

Al preguntarle las razones por las cuales trabaja como stripper, José no duda en responder:

—Hay mucho de necesidad, pero también de gusto. A mí me gusta bailarle a la gente, jugar con sus expectativas, alegrarlos y excitarlos mucho.

A José siempre le gustó la rumba, el ambiente que se vive en el bar, la ropa buena y cara, sentirse parte de un grupo selecto de personas. Además que gracias al dinero que obtiene por sus bailes puede comprar todas las cosas que en Venezuela ahora son un lujo.

A diferencia de muchos venezolanos que se han ido a Colombia, el dinero sí le alcanza para ayudar a su familia en Venezuela.

José es heterosexual, pero la mayor parte de los trabajos que consigue son en locales o fiestas gay. Él sabe que bailar para hombres es una parte fundamental de su trabajo y esto no le molesta aunque a veces lo sobornen para acostarse con él.

Incluso, se ha dado cuenta de que los hombres son los que más lo contratan por lo que él mismo llama su aspecto de “malandro que está bueno”.

De acuerdo con el lugar y el pago, hace un desnudo total o no. Mientras más pagan, más enseña.

Admite que abunda la prostitución entre los strippers, pero él dice que no le ha hecho falta. Le va bien solo con bailar, aunque al principio no tanto. Los primeros meses fueron muy duros, a tal grado que le ofrecieron dinero por acostarse con alguien y tuvo que aceptar porque no tenía cómo pagar el alquiler y lo estaban echando.

—Gracias a Dios, no lo he vuelto a hacer. Pero esos son gajes de este oficio. La vida no ha sido fácil con nosotros los venezolanos.

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