• Luis Angel Rincon

La historia de un venezolano atrapado en las Maldivas (que no tiene nada de paradisíaco)

Todo comenzó a finales de febrero cuando un amigo me llamó para confirmarme que me habían dado el trabajo. En un principio, no lo podía creer. Me iba para las Maldivas.

Dime tú, ¿cómo no iba a estar emocionado? Estas islas parecen sacadas de una postal con sus playas maravillosas y sus hoteles sobre las aguas, igualitos a unos palafitos cinco estrellas.


Yo llevaba dos años trabajando de barman en Cancún, después de dejar Venezuela. A pesar de que soy licenciado en Contaduría y tengo familia en Caracas, empaqué toda mi vida en una maleta para buscar nuevos rumbos.


Carlos era barman en un poolbar de Cancún

En Venezuela ya era imposible vivir, uno ni siquiera puede contar con los servicios básicos. Imagínate que en la casa llegamos a estar hasta tres meses sin agua.

Antes de irme tomé varios cursos para preparar tragos y cocteles. No trabajé en eso hasta llegar a México. Si de algo estaba seguro es de que la gente nunca deja de rumbear. Pensaba que ni siquiera con el avance de este virus se podía suspender la rumba.


Un amigo del colegio que estuvo trabajando primero en Malta y después se vino a las Maldivas, me decía que me viniera para acá, que él me conseguía algo, sin problemas. Eso sí, yo debía pagar mi pasaje.


Por eso, cuando me avisó, yo no me lo pensé, ya tenía todo listo, con lo que iba a ganar en propinas cubriría muy pronto el pasaje y podría enviar más plata a mi gente en Venezuela, donde las cosas están cada día más caras.


Un viaje cuesta arriba


A medida que el coronavirus se esparcía por el mundo, yo sólo andaba pendiente del viaje y de preparar mis maletas. Tuve que dejar algo de ropa y un televisor en el apartamento de una prima en Puerto Juárez. Nadie parecía preocupado por lo que pasaba en China.


En verdad no esperaba que la pandemia fuera alterar mis planes, ni siquiera cuando vi que los gobiernos comenzaban a adoptar medidas para contener la propagación del virus. Cuando me enteré de las medidas de cuarentena estricta en Venezuela, me pareció que cerrar las fronteras de esa manera tan abrupta era un abuso más de la dictadura.


Me fastidiaba un poco las cancelaciones de vuelos. No quería verme varado en ningún aeropuerto en medio de una conexión. Estaba tan contento con mi nuevo trabajo que no hice caso cuando comencé a recibir mensajes de familiares y amigos que me cuestionaban que tomara un avión en ese momento. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Quedarme encerrado en las Maldivas? No pensaba que esto fuera de mala suerte para nadie, mientras me mantuviera trabajando, todo estaría bien.


Salí de México con dirección a Estambul, donde después tomaría un vuelo a las Maldivas que no llegó a su hora. Tuve que esperar más de veinte horas en el aeropuerto de Atatürk hasta que me ubicaran un asiento en un vuelo para las Maldivas. En verdad empecé a preocuparme cuando llegue a las islas.


Atrapado en el paraíso


Primero no lograba dar con mi amigo, así que me fui directamente al resort donde se suponía que iba a trabajar. Como decía mi abuela, me cayó la locha cuando noté los pocos huéspedes que había, ni siquiera en las noches malas del bar donde trabajaba en México. Parecía que seguían abiertos. Pero lamentable no era así.





Mi amigo no estaba allí porque lo habían transferido a otro resort en la isla de Olhuveli. Cuando al fin me respondió, no encontraba manera para explicarme.


Disculpa, Carlos, pero ahorita no hay nada de trabajo. Todo está cerrado. Sólo se está atendiendo a los turistas que no pudieron regresar. Algunos tienen coronavirus.


Yo no sabía qué responderle, nunca me había sentido tan desconcertado. Por medidas de seguridad los bares estarán cerrados hasta nuevo aviso. Por lo menos me ofreció que me quedara con él. Yo no quise pelear, él tampoco se imaginó la gravedad del asunto. Yo tuve que verlo venir, hacer caso por lo menos a los mensajes de advertencia.



Las Maldivas son muy bellas, como en las fotos, pero en ese momento estaba prohibido recorrerlas, además de que no hay nada que hacer fuera de los resorts. Yo no puedo entrar porque no soy huésped ni empleado, tengo que mantenerme todo el día en la casa, pegado al celular, viendo qué puedo hacer.


En realidad, en estas islas no puedes hacer nada si no tienes plata, y a mí cada vez se me iba agotando. No sé si llegue al punto de que no me alcance para el pasaje. Ahora estoy por irme a Dubai, a lo mejor allí sí logre conseguir algún trabajo bajo cuerda y reunir un poco más para un pasaje de vuelta a Cancún, donde dejé mis cosas. Para colmo mi pasaporte está por vencerse. Por lo menos me consuela que somos muchos que estamos así. Y no sólo yo.


Espero que la apertura actual de Dubái sirva para mantenerme a flote un poco. Ya sólo falta que me llegue el resultado negativo de la prueba de Covid-19 para emprender viaje. Les juro que fueron meses dificilísimos.

  • Negro del icono de Instagram

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